DÍA DEL MAESTRO: HOMENAJE Y REFLEXIÓN (1970)
- Rosario Castellanos Figueroa

- hace 7 días
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Por Rosario Castellanos
Una de las relaciones humanas más fecundas y hermosas que pueden darse es la que se establece entre el maestro y el alumno. Gracias a ella la tradición se conserva, el presente se enriquece, el futuro se abre. En ella sobreviven los antepasados, libres ya de la pesadumbre de sus errores, de sus vacilaciones, de los vacíos inertes en que se quiebra el tiempo de nuestras vivencias cotidianas, sin la costra de la rutina, sin las rectificaciones a las que obliga la inexperiencia.
Purificados, enaltecidos, con la transparencia y la solidez definitiva de cristal, los que vivieron renacen en cada niño que aprende, en cada coincidencia que despierta, en cada memoria que recibe. Los que vivieron renacen en cada acto que evoca, en cada explicación que ilumina.
Es por eso que la evocación de la enseñanza conmueve a tan pocos; es por eso que la profesión del magisterio no es alcanzada con plenitud sino por unos cuantos. Por aquellos que han sabido convertir la letra en espíritu, el conocimiento en sabiduría, el verbo en carne y sangre.
Es natural que quien desempeña el oficio de maestro entre nosotros lo haga “con temor y temblor”. ¿Va a violar la inocencia de quienes le confían inculcándoles un prejuicio interesado, una verdad incompleta, una mentira bien aderezada? ¿Va a llenar con desperdicios, con objetos de desecho, con ruinas el espacio que hasta entonces detentaba la ignorancia? ¿La instrucción va a advertirse en quien la ha recibido como se advierte una cicatriz en una piel que ha sido lastimada? ¿Será como un tatuaje, como la marca de hierro de las ganaderías, algo que ostenta como un adorno o como seña de enajenación, pero que no ha tocado la intimidad de las entrañas?
Ay, el niño pasa por las aulas con impaciencia. Tiene que acostumbrar a su cuerpo a la quietud, su atención a la fijeza. Lo solicita el mundo de afuera que estalla en colores y en sonidos, que se crea y se destruye en una multiplicidad vertiginosa. Y él tiene que apartar la mirada de este espectáculo y fijarla en la negrura del pizarrón en la que una mano va trazando signos que son una metáfora de ese mundo que nunca hubiera podido abarcar con sus sentidos, que nunca hubiera podido estrechar entre sus brazos y que ahora se le entrega reducido a proporción, a unidad, a orden.
Es éste el nuevo ámbito en el que se mueve. Mira el árbol y ya es capaz de poner la semilla. Lo deslumbra el relámpago, lo mismo que al hombre primitivo, pero ya no lo atemoriza porque conoce sus causas y los mecanismos mediante los cuales puede protegerse de los daños que produce.
¿Pero hasta dónde puede llegar la pedagogía si se concibe a sí misma y se practica como una mera acumulación de datos? Y cada día que pasa los datos aumentan, invalidan datos antiguos, modifican las conexiones lícitas entre los datos existentes. Y el plazo que puede consagrarse a esta tarea no es ilimitado. ¿Entonces? Se impone un principio de selección. ¿Cuál?
Allí varían los criterios y la oscilación va desde la rigidez de un programa (que pretende servir para formar ciudadanos con un profundo sentido patriótico, operarios con un alto nivel de eficacia, sustentadores de una fe religiosa, afiliados a una ideología política) hasta la arbitrariedad última de la elección individual que cada alumno hace de las materias que le interesan. ¿Por qué las matemáticas han de ser forzosamente preferibles al dibujo, por ejemplo? ¿Por qué se ha de inclinar el platillo de la balanza siempre a favor de las ciencias exactas y no de los objetos estéticos?
Es palpable, en los niños sujetos al primer extremo, el progresivo deterioro de su inventiva, de su creatividad; la hipertrofia de sus capacidades meramente repetitivas y receptivas; la disminución del uso de las cualidades del nivel de lo imaginario; la pérdida del sentido crítico; la obsesión por lograr la identidad con el modelo que se les indica.
Es evidente, en los niños situados en el segundo extremo, su inadaptación al ambiente en el que viven, su falta de sentido de la disciplina, de la constancia. Su caprichosa sustitución de un tema, que comienza a erizarse de dificultades, por otro que parece más accesible y fácil. El desmesurado crecimiento de su individualidad, la carencia de nociones de jerarquía y el repudio a la aceptación de las jerarquías que se les proponen. Sin poseer aún los elementos del juicio o sin tener todavía la aptitud suficiente para manejarlos, enjuician lo divino y lo humano y norman su conducta de acuerdo con una “opinión” (en el sentido más estricto de la palabra) que es siempre provisional y que siempre se considerará como penúltima.
¿Qué hombre sucederá a cada niño? Del primero es normal esperar un televidente ávido, un radioescucha atento, un espectador capaz de hacer cola para asistir al estreno de una película de charros o de vaqueros, un aficionado al futbol, un asistente al teatro que se suele llamar “digestivo”, un consumidor de revistas y libros de entretenimiento.
Su tierra prometida será la burocracia, la alta calificación industrial, la profesión especializada. Trabajador concienzudo ya habrá hecho más de lo que lo adiestraron a hacer si logra mantenerse al día en los asuntos que le conciernen como trabajador. Le preocupará, además de su oficina, su fábrica o su despacho, su casa y su familia. Lo demás –incluso la manzana en que su casa está situada, la ciudad, el país, el mundo− ya no son problemas que le conciernan. Y cuando le urgen a pronunciarse sobre cualquiera de esos problemas emplea los puntos de vista, la terminología, la actitud y la posición de los editorialistas del periódico que constituye su credo.
El otro niño será, más probablemente, un rebelde que un revolucionario. Y expresará su rebeldía por los medios que la imitación le pone al alcance: la extravagancia en el vestido, en el aspecto personal, en el vocabulario. La abstención de la acción o la acción simbólica. La fuga de las responsabilidades apoyándose en el non serviam satánico, que rechaza en bloque la totalidad de lo creado.
¿No hay una tercera vía?¿No hay un método que enseñe a usar los instrumento de que dispone la inteligencia, que la oriente hacia los objetos que le son propios, que determine las condiciones en que el contacto entre la inteligencia y su objetivo es legítimo? ¿No hay una manera de que se desarrolle la libertad como una actividad que ordena cada vez nuevas constelaciones de valores?
Si la hay, si hay una salida al callejón en que ahora estamos encerrados, los únicos que habrán de descubrirla serán los maestros en el ejercicio de su profesión cuando la hayan asumido con integridad y con lucidez.
Excélsior, 16 de mayo de 1970, pp. 6A, 8A.




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