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SIRVIENTA Y PATRONA: EL ARTÍCULO 123 EN CASA (1970)

  • Foto del escritor: Rosario Castellanos Figueroa
    Rosario Castellanos Figueroa
  • 2 may
  • 5 Min. de lectura

Por Rosario Castellanos

 

A partir de ayer, 1º de mayo, Día del Trabajo, entró en vigor una nueva ley a La que puede acogerse el servicio doméstico que hasta ahora había funcionado al arbitrio caprichoso, impredecible, inoperante, de patronas y criadas.

 

Gracias a ese arbitrio cada día que, según reza el proverbio árabe, trae su propia inquietud, traía –de pilón− la inquietud de saber si usted, reina del hogar, contaba con súbditos fieles o con desertores en potencia o en acto. Si usted podría cumplir las obligaciones contraídas la noche anterior bajo el supuesto de que tenía usted quien desempeñara las faenas del hogar o se disculparía quejumbrosamente porque, en vista de las circunstancias, tendría que cocinar usted misma, recoger a los niños en la escuela, barrer la casa, lavar los trastes y, ya en la tarde exhausta, ver la continuación de la telenovela que la ahora ausente había dejado a medias.

 

Y luego, al otro día, entre un cuaderno de tarea y otro de los niños, recomendarles que escribieran un letrero diciendo que solicitaban sirvienta con referencias (porque es una frase hecha, a sabiendas de que las referencias las fabrica cualquiera y que si le dan un número de teléfono para hacer aclaraciones es un número apócrifo pero en última instancia no importa porque la que fue buena bajo otra potestad puede, súbitamente y tentada por el demonio, volverse mala; y la que fue mala porque no acertaron a dirigirla y a mandarla puede sacar a relucir sus mejores cualidades gracias a que usted, a su modo, es una “partera de almas”) y poner el letrero entre los barrotes de las ventanas.

 

Si usted corría con suerte, a media mañana, cuando estaba comenzando a experimentar los síntomas del complejo de Cenicienta y veía ante sí un porvenir lleno de platos sucios, camas deshechas, juguetes tirados, ceniceros sin vaciar y ollas exprés funcionando el tiempo completo, llamaban a la puerta. Y era, como los primeros actores de la Quinta Sinfonía de Beethoven, la llamada del destino. En el umbral se le aparecía una muchacha de edad indefinible, de rostro inescrutable, de nombre difícil de pronunciar y de pasado ignoto que le aseguraba (más bien por gestos que por palabras) estar dispuesta a satisfacer su demanda de trabajo.

 

Se iniciaba entonces una discusión más bien kafkiana en la que la muchacha se empeñaba en averiguar cuál era su día de salida y usted se empeñaba en informarle en qué consistían sus obligaciones. El desayuno a las siete y media porque el señor... y los niños… La casa hecha una tacita de plata porque el señor… Las comidas bien sazonadas y oportunas porque el señor… Las camisas relucientes, porque el señor… Las costumbres morigeradas, las horas de recogerse tempranas, la actitud respetuosa, la respuesta breve y comedida, la presentación agradable, aunque no demasiado, porque el señor…

 

La muchacha la escuchaba fingiendo que ella no había sacado, de sus experiencias anteriores o de su pura intuición femenina, las mismas conclusiones que usted quizá alcanzó por los mismos medios: que el señor era un mito invocable como instancia suprema de autoridad en la misma medida en que casi nunca estaba presente. Que se desayuna en el restaurante para cumplir compromisos de trabajo y arreglar asuntos de la oficina; que cuando llegaba a su casa era tan tarde o estaba tan cansado que no le importaba ponerse a averiguar si había polvo debajo de la alfombra o si se había cambiado el agua de los floreros. Le importaba tan poco que dejaba caer la ceniza de su cigarro en el suelo y tiraba en cualquier parte el portafolios que traía o la ropa de que se iba despojando. Que había hablado por teléfono para avisarle que no vendría a comer. Que se ponía las camisas en un estado de sonambulismo que le impedía emitir cualquier juicio crítico sobre ellas y que en dos meses no se daba cuenta de que Chucha había sido sustituida por Petra.

 

Después de este preludio, que tenía la forma de ritual, se pasaba al asunto del sueldo. Allí era, una, encarecer sus méritos y contar una historia absolutamente inverosímil de puestos espléndidamente remunerados que había tenido que abandonar “porque la llamaron de su pueblo para que atendiera la enfermedad de su padre”.

 

Y allí era, la otra, ponderar las ventajas de estar en una casa honrada, en la que no se racionaba la comida (aunque sí los refrescos porque dónde iríamos a parar, sobre todo en esta temporada de calor), en la que prácticamente no había nada que hacer y los niños, gracias a Dios, ya estaban creciditos y no daban lata; en la que se garantizaban veinticuatro horas libres a la semana, veinticuatro. Y en la que, una vez terminadas las tareas, se permitía a la muchacha, si lo deseaba, que asistiera a una escuela nocturna , que viera el programa de los Polivoces o que bordara esa funda que había empezado tantos años antes y que nunca tenía la oportunidad de terminar.

 

Después de un estira y afloja que giraba alrededor de una cifra que fluctuaba al doble, a la mitad, a la cuarta parte o a otras fracciones más sutiles cuyo nombre se me escapa, se llegaba, por fin, a un acuerdo. La muchacha y la señora aceptaban las condiciones y se disponían a cumplirlas ¿por cuánto tiempo? Ah, eso sí que no se podía predecir, ni que fuera uno Dios. Quizá por una semana “no me hallo, señora”. “Es que el rumbo es tan lejos y todas mis amigas se quedaron en la colonia de donde vengo”. Quizá por un mes porque usted se desesperaba en repetir todos los días las mismas instrucciones que eran siempre mal comprendidas y peor ejecutadas. Y se hartaba usted de contestar siempre la misma pregunta: “Señora, ¿lavo el mantel en que ayer se derramó el mole o lo pongo en la mesa tal como está?” Quizá por dos meses porque “es la fiesta de mi pueblo, señora, y yo tengo hecha una manda”. Quizá por un año, hasta que usted llegaba al límite de su resistencia y ya no quería reponer un solo vaso quebrado más.

 

Ahora, con un contrato en que se especifica el tiempo en que las partes se obligan, en que se fija el salario, en que se determinan las horas de labor y las de descanso, las cosas cambiarán y será para bien. La muchacha y usted habrán adquirido algo que es necesario para un trato respetuoso entre las personas: responsabilidad jurídica. Usted ya no podrá jugar a sentirse ni la Divina Providencia, ni, alternativamente, la madrastra de Blanca Nieves. Ella no tendrá suspendida sobre la cabeza de toda la familia la espada de Damocles de una decisión repentina de marcharse con cualquier pretexto. Usted no exigirá ni esperará gratitud porque sus actos no serán atribuidos a la espontánea generosidad sino al regulado deber. Ella no tendrá que considerarse una víctima porque libremente ha aceptado la parte que le corresponde. ¿Un idilio? No. Pero tampoco la ambigüedad en la que hasta ahora nos hemos movido y vivimos y fuimos. Las cosas claras… y ojalá que el chocolate salga bien espeso.

 

Excélsior, 2 de mayo de 1970, pp. 7A, 8A.

 
 
 

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