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LOS DERECHOS DEL NIÑO (1963)

  • Foto del escritor: Rosario Castellanos Figueroa
    Rosario Castellanos Figueroa
  • 25 abr
  • 5 Min. de lectura

Por Rosario Castellanos

 

Napoleón dijo alguna vez que la educación del niño empezaba veinte años antes de su nacimiento con la educación de la madre. Porque se supone que ésta es responsable, no únicamente de su gestación y de su nacimiento, sino también de su salud física, de su formación moral y de su desarrollo intelectual durante la infancia.

 

Se supone también que el ámbito ideal para que este procedimiento se efectúe es el hogar. La experiencia ha venido a demostrar que esta segunda suposición es falsa. Y las condiciones de vida actuales han venido a hacer que la primera sea impracticable.

 

Vayamos por partes. Del hogar, y de su ambiente que se ha decretado favorable para el crecimiento del niño y para su transformación en hombre que se incorpora de una manera útil a la sociedad, salen todos esos casos (por desgracia cada vez más frecuentes) que los psiquiatras conocen en sus consultorios o que la policía reprime creando cuerpos especiales. No se quiere afirmar con esto que una de las instituciones más antiguas en que se ha sustentado la humanidad deba desaparecer; sino al contrario. Lo que ha de hacerse (y urge de modo perentorio) es revisar su estructura, fortalecer sus elementos positivos y reducir a lo mínimo la nocividad de los elementos negativos que no puedan anularse.

 

Por lo demás la madre ha dejado de ser esa base inamovible sobre la cual se construían los hogares. Los cambios históricos han repercutido hasta allí. “La contribución de la mujer al trabajo en todos los niveles intelectuales y manuales, así como su participación en el desarrollo e industrialización de los pueblos, han creado el problema de desajuste en el hogar provocado por su ausencia temporal, con los consiguientes trastornos en la atención maternal básica para el crecimiento y desarrollo adecuado del niño.”

 

Esto dice, no para señalar un hecho obvio, sino para fundamentar un programa de trabajo, María Alicia Martínez Medrano quien, auxiliaba por un grupo de especialistas (María Eugenia Márquez Calderón, antropóloga social; Ana María Ortiz de Zárate, educadora; María Elena Rodríguez Hernández, trabajadora social; Amanda Maldonado Campos, psicómetra; Rosa Marta Núñez y Núñez, educadora, y Teresa Gómez Onorio, psicóloga), ha concebido un tipo de guardería que cumpla plenamente con sus funciones de proporcionar al niño toda la protección que necesita y a la madre esa seguridad indispensable de que lo deja en manos aptas.

 

Es interesante saber que el primer intento de fundación de una guardería infantil en México lo hizo la emperatriz Carlota y que se llamó Asilo de San Carlos. Allí los hijos de las trabajadoras recibían alimento y cuidado, aunque mucho nos tememos que no hayan sido suficientes ni satisfactorios y que un asilo semejante pudiera haber servido muy bien a Dickens para crear alguna de sus célebres estampas en que la beneficencia se cebaba sobre los pobres.

 

En tiempos de don Porfirio se estableció la primera casa Amiga de la Obrera que reorganiza Carranza y que se mantiene hasta que la esposa del presidente Portes Gil funda la Asociación Nacional de Protección a la Infancia que sostiene diez hogares infantiles. Es hasta 1943 cuando la Secretaría de Hacienda inaugura lo que propiamente puede llamarse ya una guardería, término que ocupa un lugar muy importante dentro del programa de actividades del Instituto Mexicano del Seguro Social.

 

La creación de guarderías se multiplica en las dependencias oficiales, no únicamente como respuesta a una necesidad inaplazable, sino también como acatamiento a una ley del 29 de junio de 1961.

 

Las experiencias y, ¿por qué no decirlo?, los fracasos, hacen indispensable tomar dos medidas: la centralización (pues las guarderías proliferan no únicamente en las dependencias oficiales, como ya habíamos dicho antes, sino también en las empresas industriales y en los comercios de la iniciativa privada) y la planificación.

 

De lo primero no vamos a ocuparnos. Pero de lo segundo lo hace ampliamente María Alicia Martínez Medrano en un estudio en el que sus compañeras, técnicas de las profesiones que ya hemos señalado, le proporcionan los datos indispensables para que el plan resulte basado en hechos reales, desarrollando según un método racional y coherente y operante, puesto que responde –hasta donde es posible− a las circunstancias.

 

María Alicia empieza por refutar el término guardería, porque invoca la noción de un almacén, de un encerramiento que inhibe el ejercicio de las potencialidades infantiles. Si la primera misión de lo que malamente se ha llamado hasta hoy guardería es la de proteger (íntegramente, la salud física por medio de una alimentación balanceada, el equilibrio psicológico por medio de un trato adecuado y la adaptación al medio gracias a la vigilancia de una antropóloga social), la segunda –y no menos importante−ha de ser la de impulsar el desarrollo de la personalidad del niño. La investigación de cuáles son sus aptitudes y la creación de condiciones propicias para que se actualicen, estimuladas y canalizadas y vigiladas por los mayores; la investigación, también, de cuáles son sus dificultades, cuáles los obstáculos que espontáneamente resultan incapaces de superar y cuáles los métodos, los aprendizajes especiales para que la dificultad se venza y el obstáculo deje de serlo.

 

Pero, como apunta muy bien María Alicia, el cincuenta por ciento del trabajo de la guardería se realiza sobre la base del trato directo entre un personal, adiestrado, entrenado y regido por la división del trabajo, y los niños sobre quienes recaen los beneficios de este adiestramiento, entrenamiento y especialización. Pero el otro cincuenta por ciento debe dirigirse a la educación de las madres. Porque “se encuentra que, sin esto último, la obra del servicio se descontinuaría durante las horas que el niño permaneciera en su hogar. Muchas veces los problemas que un niño ofrece son la proyección refleja, subconsciente de los padres”. Lo que se pretende, en fin, es sentar las bases que harán conocer a los padres sus obligaciones, estableciendo que una de ellas es el recibir la orientación para el trato adecuado de sus hijos.

 

Porque basta ya de pensar que el instinto suple la falta de conocimientos. Y que un corazón de madre intuye el tono de la relación que debe mantener con el hijo. No es así. Naturalmente el instinto y el amor son una base indispensable para que la relación materno-filial sea correcta. ¿Pero cuántas madres tienen una conciencia, ya no digamos exacta, pero ni siquiera aproximada, de lo que es un niño, del respeto que se le debe, de los derechos que lo asisten, de sus procesos constantes de transformación, tanto físicos como intelectuales, del futuro al que va a desembocar? ¿Cuántas madres no infiltran sus frustraciones, sus rencores, sus problemas psicológicos en general, en sus hijos? ¿Cuántos hijos no son víctimas de las tensiones que existen entre los miembros de la familia, de las desavenencias conyugales? ¿Por qué no enseñar a los padres el manejo de estas situaciones para que lastimen lo menos posible a los niños?

 

Ignoramos si la señora López Mateos, que se ha preocupado tanto por la protección a la infancia, hasta el grado de crear un Instituto Nacional dedicado a ella, conoce los trabajos de María Alicia Martínez Medrano. Pero si no es así le recomendamos, con todo el respeto que merece su investidura y aún más su interés por los niños, que lo haga.

 

Excélsior, 12 de octubre de 1963, p.7A.

 
 
 

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