VERDADERO PROTAGONISTA: EL LECTOR DE LIBROS (1969)
- Rosario Castellanos Figueroa

- 19 abr
- 5 Min. de lectura
Julio Ortega, notable escritor peruano (que ha publicado un libro de ensayos, La contemplación y la fiesta, en la editorial Monte Ávila de Venezuela y que está a punto de publicar un libro de ficción, Mediodía, en la editorial Sudamericana de Argentina), ha pasado una breve temporada en México. No quisimos desaprovechar la oportunidad de escucharlo y el Pen Club organizó una conferencia que tuvo lugar en la Librería Universitaria de Insurgentes, de que manera muy amable puso a nuestra disposición el gerente, licenciado Murillo de la Cruz.
En su exposición Julio Ortega sostuvo la tesis de que el verdadero y más importante protagonista de la novela hispanoamericana actual no es, como en épocas pretéritas, ni el paisaje, ni el indio, ni la injusticia, ni los conflictos políticos, ni las costumbres domésticas, ni los estados de ánimo ni ninguno de esos elementos que constituyeron la parafernalia anecdótica tradicional. El verdadero y más importante protagonista de la novela hispanoamericana actual es, según Julio Ortega, el lector.
Aquí tenemos que apuntar un hecho muy importante: el lector, que durante más de un siglo no fue más que una hipótesis de trabajo con la que operaban los escritores, ha adquirido de pronto la encarnación de una certidumbre. Existe, y existe de una forma tan cierta que es posible clasificarlo según Cortázar en dos categorías principales: el “lector-hembra”, que obra de una manera pasiva, que recibe lo que le dan y lo digiere con más o menos dificultad, que necesita explicaciones al pie de cada página y que exige que le coloquen signos identificadores que le permitan saber quién es el bueno, quién el villano, quién la muchacha y si lo que les sucede es triste o alegre. Y que, cuando llegue a la palabra FIN es porque verdaderamente ya no hay nada más que agregar a la historia y ningún cabo quedó suelto.
El otro lector es una especie de cómplice del escritor; llena los huecos, interpreta las ambigüedades, ayuda y completa la creación. El texto está constituido para él por una serie de elementos que va a ordenar de acuerdo con ciertas claves pero, fundamentalmente, de acuerdo con su capacidad de inventiva, con su visión del mundo, con su experiencia vital.
Las dos categorías de Cortázar son arquetípicas. Abstraen una serie de datos constantes y definitivos que integran una esencia. Pero si descendemos del Topus Uranus a la vida cotidiana nos vamos a encontrar con una fauna mucho más variada que intentaremos aquí enumerar:
1.-El lector-colega. ¿Quién es tu enemigo? El de tu oficio, reza el refrán. Pero la enemistad, que preside todas nuestras relaciones, según St. John Perse, no nos impide mantenerlas sino que únicamente les da una tónica especial. Del lector-colega no debe esperarse jamás el acto espontáneo de la adquisición del libro. Es preciso regalárselo y con una dedicatoria que ensalce sus virtudes, sus dones para pronunciar juicios valorativos acertados y la rendida administración ante la obra de la que el lector-colega es autor y que en vano se ha procurado emular o igualar.
Concluida esta ceremonia el lector-colega abrirá el libro con una displicencia que muestre claramente su desdén o con una avidez que denuncie, sin recato, su deseo de encontrar el talón de Aquiles, los errores de sintaxis, las fallas de la estructura, los anacronismos, los momentos de humor involuntario.
En cualquiera de las dos posiciones que se coloque el lector-colega sacará provecho. Porque en lo que rehace, en lo que repruebe, en lo que no acepte del libro se irá haciendo claro para él cuál es su concepto de la literatura, qué tipo de obra le parece viable y cuáles las fórmulas expresivas que considera más adecuadas. Pero de todos estos hallazgos se servirá para su consumo personal. Si acaso, en un exceso de cortesía, enviará una esquela estereotipada en la que acuse de recibo el libro y prometa dedicarle su más respetuosa atención.
2.- El lector-crítico profesional. Sobre su mesa de trabajo se apilan volúmenes de las más diversas procedencias y de las más disímiles calidades. Sería tan inhumano como inútil pretender que los lea todos. Para no malgastar trabajo recurre a varios principios de selección. A los consagrados se les alaba sin mayores trámites; a los desconocidos se les hojea para situarlos. Para muestra basta un botón y por el hilo se saca el ovillo. Unos cuantos párrafos y ya se sabe a qué corriente pertenece, cuáles son las influencias visibles, cuáles las afinidades y hasta el clan al que se afilia.
Si la corriente, si las influencias, si las afinidades, si el clan son del gusto del lector-crítico-profesional se hablará de una promesa de las letras, se le recomendará que trabaje con ahínco, se le señalarán los defectos menores y se exaltarán sus posibilidades. Pero no con entusiasmo para no ensoberbecerlo ni estimularlo demasiado. Con reticencias y, al mismo, tiempo, estableciendo un paragón con otro escritor al que se le califica de mediocre y frustrado después de haber tenido su momento estelar de promesa de las letras, etcétera.
Este último detalle tiene fines ejemplarizantes. Conviene que el autor novel tenga frente a sí la imagen de las moradas infernales a las que puede ir a parar si no es dócil a los consejos de sus mayores en edad, saber y gobierno.
3.-El lector-crítico-no-profesional. Éste recorre las librerías en busca de las últimas novedades. Las devora y pontifica en una mesa de café dejando entrever, en cada uno de los defectos que señala, la posibilidad de que si él se aplicara a la redacción de una obra sería incomparable con las que pregona la moda como excelentes.
¿Fulanito, que ha sido traducido a varios idiomas y ha conseguido entusiasmar a la crítica europea y norteamericana? Lo que domina no es su oficio, lo que maneja no es su arte, lo que aplaude no es su talento sino su habilidad publicitaria, su falta de escrúpulos para el autoelogio, su aptitud para relacionarse y extender su esfera de influencia.
¿Menganito que se aparta del mundanal ruido para trabajar a solas? Hace bien en no exhibirse porque no haría más que el ridículo. ¡Pero qué desperdicio de tenacidad y de esfuerzo! Ya lo decía Gide: la literatura no se logra con buenas intenciones. Ay, si el de la voz se decidiera un día a llevar a cabo sus propósitos. Pero antes tiene que satisfacer urgencias más perentorias. La de convertirse en millonario, por ejemplo. O la de afianzar su carrera política.
4.- El lector-ingenuo. Ése ambula frente a los anaqueles movido por “un vago afán de arte”. No discierne entre una obra maestra y un best-seller y, en última instancia, prefiere una mezcla de aventura, sexo, violencia y filosofía. Por lo general esas mezclas vienen bien dosificadas en los libros de bolsillo y sus autores son extranjeros.
Por último, una observación: ¿se ha fijado usted que siempre se habla del “lector” en singular y no del público? Es porque el público que consume libros se da en otras fases del desarrollo, económico y cultural, que todavía nosotros no alcanzamos.
Excélsior, 16 de agosto de 1969, pp. 6A, 8A.




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