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EL MEXICANO: ¿ARTÍCULO DE EXPORTACIÓN? (1973)

  • Foto del escritor: Rosario Castellanos Figueroa
    Rosario Castellanos Figueroa
  • 3 ene
  • 5 Min. de lectura

Por Rosario Castellanos

 

Tel Aviv.—Usted, como debe ser, es mexicano. Hasta las cachas. Y está de lo más contento en su casita de sololoy. Se levanta temprano para ir al trabajo o a uno de esos desayunos en los que se abren perspectivas, se cierran negocios, se fragua el futuro y se consolida el presente.

 

¿Quiénes son los otros comensales? Depende de la hora, de las circunstancias del encuentro y hasta de la cantidad de alcohol contenida en la sangre de cada uno. Si todavía está rayando el sol usted habla con meros conocidos que ni fu ni fa; pero a medida que avanza el día y la sed se sacia con bebidas más o menos espirituales sus interlocutores se metamorfosean de prometedores compañeros de banca (que siempre fueron tan inteligentes y tan aplicados y siempre resplandecieron con la estrella de los elegidos) en compadres de hijos aún nonatos pero ya entregados como rehenes de una amistad que exige lazos rituales para fortalecerse.

 

Cuando todos los gatos son pardos se descubre, entre los que hablan, una fraternidad que había permanecido oculta. Se es hermano, cuate, gemelo idéntico. Se existe porque se comparte la existencia del otro, porque, como una planta parásita, se le chupa la savia... una savia previamente proporcionada por uno mismo. Juego dialéctico de toma y daca: mientras más importante te crea (o te cree) yo, más importante me vuelvo yo que comparto tu importancia. Y viceversa. Lo que, le aseguro, es más fácil de practicar que de decir.

 

La operación continúa en el ámbito doméstico. Usted es cabeza de familia, instancia primera o última de autoridad. Se le reconoce, se le atiende, se le consulta. Su lugar es perfectamente claro y su rango inequívoco. ¿Qué hizo usted para merecerlo? Nada más que conocer y respetar las reglas del juego de una sociedad rígida en sus estructuras.

 

Claro que en el desempeño de su papel usted puede poner el sello de su estilo: patriarca bonachón, tirano arbitrario, tal por cual irresponsable. A su título podrá añadirse siempre un adjetivo aprobatorio o reprobatorio; pero lo que no podrá hacerse nunca es negarle validez. Su título de cabeza de familia vale tanto como el diploma que le otorgó el Alma Mater para compensar sus laboriosos esfuerzos en las aulas.

 

Pero si usted se educó en la Universidad de la Vida (que es donde se templan los hombres) usted alcanzará a sentarse en un escritorio de ejecutivo sobre el cual habrá un letrerito en el que se hace constar, de modo inequívoco, quién es usted... por el momento. Porque va a continuar su carrera ascendente hasta topar con la pared de un error sexenal que, cuando se cumplan los tiempos, habrá de ser rectificado y perdonado. Pero si aún esa contingencia no ocurre, usted no corre el riesgo del anonimato. Será usted el que no da una, el que sufre la ley del hielo, el que se ningunea, el que está atravesando por el proceso de un cambio de piel. Aunque sea negativamente usted está clasificado, responde a un nombre, pertenece a una categoría, realiza una conducta que los demás aceptan, comprenden y a la cual responden con conductas aceptables y comprensibles también para usted.

 

Nada de esto es explícito ni se da en el nivel del diálogo. ¡Pero hay tantas otras maneras de entenderse! Silencios, gestos, movimientos, distancias. Todo sirve. Y entregarse a descifrar los signos cuando se está solo es parte de la experiencia cotidiana. Intérpretes de una realidad siempre ambigua (porque proferiría sería desgarrarla). Oidores perpetuos de la “hora actual con su vientre de coco”, resonante de vacío. Un vacío que llenamos con nuestras esperanzas, nuestras ilusiones, nuestros deseos que, al cumplirse, nos harían semejantes al Otro, “al que está cerca y junto”. Y la similitud aboliría la soledad. Dejaríamos de ser el único para ceñimos al cordón umbilical del que los demás se nutren.

 

Pertenecer. Participar. Uno se reviste de palabras: la nacionalidad, la casta, el nivel económico, el grupo generacional, el núcleo de la familia, la patria chica, las alianzas que hace la sangre, que remachan las convicciones, que aseguran el dinero.

 

Usted se puede echar a dormir con la tranquilidad del que yace con una lápida encima. Una lápida que en una sola inscripción resume y explica todo. Con la diferencia de que si usted despierta y camina la explicación y el resumen son, de alguna manera, evidentes para todos. Para todos aquellos a los que usted frecuenta. ¿Hay alguien más? Jorge Guillén es terminante cuando dice que el resto es selva.

 

Y en la selva no hay otra ley más que el desamparo total. ¿No conoce usted esa sensación? Sí, yo lo he visto. Es la que le hace dirigirse al desconocido con el que viaja y comunicarle que usted, antes de salir de México, fue a despedirse personalmente del señor presidente de la República. Amén de los ministros de Tal y Tal y de los oficiales mayores Fulano y Mengano.

 

Usted ha sido convincente pero su interlocutor permanece impávido. Es que no capta la importancia de las confidencias que acaba usted de hacerle; es que no ha sido iniciado en los misterios del ser, es que carece hasta de una idea geográfica del país al que usted se refiere. Está archivado bajo el nebuloso concepto de Latinoamérica que evoca paisajes inconmensurables, miseria y atraso, cómicos golpes de estado, tiranías cerriles y prósperos colonos extranjeros.

 

¿Qué es esa contracción que siente usted en el epigastrio? ¿Una bolsa de aire o el súbito descubrimiento de que todos sus puntos de apoyo han cesado de funcionar al alejarse de su medio ambiente? El nombre, con dos apellidos para más lujo, se desvanece sin peso en el aire. Su historia y la de sus antepasados se borra. Carece usted de espejos en los cuales reflejarse, carece usted de la certidumbre de su existencia. Y comienza usted a emitir simbólicos gritos de auxilio, SOS disimulados. El whisky, por el que era usted capaz de hacer hasta contrabando no le sabe a nada porque no sabe a tequila y silba, en la oscuridad, la “Canción mixteca”.

 

Al llegar a cualquier parte busca febrilmente un compatriota, para cargar entre ambos el peso de una nostalgia común. Pero si el encuentro se produce y es satisfactorio no es el encuentro de dos amigos sino de dos cómplices que se reconocen, de dos descobijados que se colocan a la derecha de una cifra convencionalmente válida, de la que ambos derivan su propio valor.

 

Pero no basta una conciencia ajena. Serían necesarias muchas para resultar eficaces. Y luego la parafernalia: los chilaquiles, la sangrita de la viuda, el sarape de Saltillo, el disco de música popular, la antología de versos recitables en la que no faltan ni “El brindis del bohemio” ni “Fusiles y muñecas”.

 

¿Y si no hay nada de esto? Usted se marchita como una flor, se asfixia como el pez fuera del agua. Y, o se muere o vuelve. Al claustro materno, tibio de lugares comunes, de dogmas no revisados, de héroes a los que no despeinó ningún aire.

 

Excélsior, 7 de agosto de 1973. pp. 6A, 8A

 
 
 

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