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EL PADRE CASAS Y LA AGONÍA DEL INDIO (1966)

  • Foto del escritor: Rosario Castellanos Figueroa
    Rosario Castellanos Figueroa
  • 31 ene
  • 5 Min. de lectura

En San Cristóbal de las Casas, metrópoli cultural de los Altos de Chiapas, existe un grupo de personas que se ocupa y se preocupa por el mejoramiento, en todos los órdenes y niveles, de las condiciones de vida de sus coterráneos. Su actitud es ambivalente pero no por eso contradictoria, sino más bien complementaria, respecto de la tradición: les importa mantener la vigencia de lo que es válido tanto como promover la ruptura de los prejuicios que ya resultan anacrónicos y son inoperantes y aun perjudiciales.

 

El grupo al que aludimos está formado por jóvenes estudiantes cuya inquietud, avidez y generosidad quiere encontrar cauces en los cuales volcarse, por profesionistas distinguidos y por personalidades de otra índole y se hace llamar Círculo de Estudios Sociales de la Escuela de Derecho de Chiapas. Sus actividades rutinarias consisten en la organización de conferencias y cursos que abarcan diferentes ramas humanísticas, en la edición de revistas y folletos en los que se pretende conservar los trabajos que se consideran de mayor importancia. Pero ahora han tenido en cuenta un hecho excepcional: que el 31 de julio de 1566 fue la fecha de la muerte de fray Bartolomé de las Casas, que se cumple su cuarto centenario y que resulta oportuna la conmemoración.

 

Con este fin han iniciado y están llevando con éxito una campaña que primero se dirigió al Congreso local y luego al Congreso de la Unión para obtener que el año en curso se dedique, en el país entero, a recordar al fraile dominico cuyo sentimiento de la justicia alcanzó a estar por encima de sus intereses personales, de clase, de raza y de nación y que consagró su vida a la tarea de lograr que se reconociera la igualdad humana entre conquistadores y conquistados, al restablecimiento del equilibrio entre los elementos de un país que comenzaba apenas el momento de su integración.

 

Esta campaña es digna de tomarse en cuenta desde muchos puntos de vista, algunos de los cuales nos proponemos examinar. Primero es importante el hecho de que la idea haya surgido y prosperado en la misma tierra donde fray Bartolomé encontró a sus antagonistas más encarnizados y a sus enemigos más implacables. Y no salgamos fácilmente del paso citando el refrán de que culpas fueron del tiempo y no de España, porque el tiempo ha transcurrido con tal lentitud en aquellas latitudes que aun ahora, si fray Bartolomé resucitara o alguien pretendiera emularlo, encontraría resistencias muy semejantes así como habría encontrado estímulos casi idénticos.

 

¿Qué significa esto? Que la organización social y económica dentro de la cual el encomendero era la piedra angular no ha sido abolida y apenas parece modificada. Y que el que desempeña el papel del amo, ha de ser –si quiere la eficacia− la temple del amo, ha de perder de vista la personalidad de quien funge como siervo y éste, a su vez, ha de renunciar a sus pretensiones de dignidad y de respeto para convertirse sólo en un objeto útil y siempre disponible.

 

Naturalmente, se dan excepciones… que sirven para confirmar la regla. Los señores y los herederos de los señores, por razones de educación, de sensibilidad, de “gracia” para usar la terminología de Simone Weil, vislumbran la situación desde una perspectiva moral y la califican duramente y se escandalizan por ella. Pero los estados de ánimo suelen influir poco, y no de inmediato, sobre la realidad que impone a los que se mueven en sus ámbitos normas de conducta rígidas y estereotipadas.

 

De esa rigidez y esa estereotipia escapan los miembros del Círculo de Estudios Sociales de la Escuela de Derecho de Chiapas al promover una serie de actos encaminados a crear una conciencia colectiva acerca de lo que es aún el problema indígena.

 

Cuando en su programa incluyen un punto que es el de reunir en San Cristóbal a representantes de comunidades indias, tanto de la República mexicana, como de países vecinos, se trata de hacer patente, ante los ojos demasiado nublados por la costumbre de los mestizos y de los blancos, que el indio no siempre, no forzosa, no necesariamente, es un esclavo, ni ocupa un rango inferior, ni está destinado a la servidumbre. Un indio es, esencialmente, un hombre y su desarrollo pudo haber sido favorecido o retardado por las circunstancias y de la adversidad de ellas no se infiere la culpa de él ni se deduce la justificación de una forma abusiva del trato. El mestizo, el blanco, se sorprenderán al encontrar en el otro (que nunca ha alcanzado entre ellos una categoría mayor de cosa) un semejante, un interlocutor, un competidor posible.

 

Pero estas experiencias pueden permanecer en un estado de sensaciones vagas, incómodas que toda suerte de mecanismos psicológicos se encargarán pronto de anular o de restar validez. Para conjurar este peligro se llevará a cabo un simposio sobre la actualidad y vigencia de la doctrina de Las Casas, en el que, especialistas en estos temas, revisarán sus diversos aspectos y aludirán, con las palabras precisas, a los ejemplos que tengan a la mano. Si algún poder tiene la palabra, si alguna función tiene la teoría, si algún jugo ha de exprimirse del conocimiento, es éste de dar su nombre a las cosas. El nombre verdadero y exacto, aparte de producir un placer estético, mueve a la acción, a la conversión y a la corrección. Ya no es tan fácil continuar repitiendo el mismo gesto, la misma actitud, el mecanismo cuando sabemos que ese gesto se llama despojo, ultraje; que esa actitud es rapaz y se aprovecha de ventajas ilícitas y choca de frente con todos los principios de la religión y de la moral, a los que se está adherido; que ese mecanismo es un fósil que una mirada ajena contempla con curiosidad y con azoro, negándose a creer en su supervivencia en el siglo en que la Tierra ha abierto sus puertas al universo.

 

Sin embargo, habrá consecuencias irredimibles. La edad endurece, los hábitos tienden a perpetuarse. Esto no lo ignoran nuestros amigos de Chiapas y por eso dirigen su invocación a aquéllos que sobre los cuales los factores externos no han impreso aún indeleblemente su sello: a los niños, a los jóvenes. Se les incitará a concursar, teniendo como opositores a los alumnos de otras escuelas, con dibujos, estudios y trabajos sobre la vida y obra del padre Las Casas.

 

Puede decirse que este será su año porque no ha dejado de ser suyo ninguno de los años anteriores. Cuatrocientos son muchos para que la denuncia de una injusticia no haya sido atendida más que a ratos y subsana de modo parcial. Pero a esos cuatrocientos años se eslabonarán otros si no nos esforzamos por destruir estos reductos últimos en los que se ha parapetado una fuerza bruta que no se deja domeñar ni por las exhortaciones de la caridad ni por las argumentaciones de la equidad ni por las razones de la conveniencia.

 

Excélsior, 8 de enero de 1966, pp. 6A, 10A.

 
 
 

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