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NACIONALISMO Y TOLERANCIA: PRUDENCIA HOY, VICTORIA MAÑANA

  • Foto del escritor: Rosario Castellanos Figueroa
    Rosario Castellanos Figueroa
  • 21 mar
  • 5 Min. de lectura

Por Rosario Castellanos

 

Tel Aviv.− Apuntaba Salvador Elizondo, en estas mismas páginas de Excélsior, sus reflexiones acerca de los peligros y excesos en los que incurre cuando se da rienda suelta al nacionalismo que, como todos los otros instintos, pretende tener un origen lícito, un crecimiento decoroso y una expresión infaliblemente correcta. Y a semejanza de todos los otros instintos a los que no ilumina la inteligencia, se equivoca.

 

Amar a la patria ¿hay algo más fácil? A primera vista nada hay tan sencillo. Basta estar dispuesto y pronto para derramar hasta la última gota de sangre en defensa de su territorio o resistiendo a sus invasores. Pero tenemos que admitir, con los libros de historia en la mano, que estas emergencias heroicas no constituyen una parte habitual de nuestra existencia cotidiana sino que aparecen como relampagueantes excepciones.

 

Y mientras tanto ¿qué? Mientras tanto nuestro amor a la patria se manifiesta cuando nos ponemos de pie para escuchar el himno nacional; cuando saludamos a la bandera; cuando aplaudimos el desfile de nuestras fuerzas armadas; cuando atendemos las arengas conmemorativas de las hazañas de nuestros antepasados. Y cuando, en cada uno de estos actos, se descarga un fuerte potencial emotivo que no por su fuerza ni por su emotividad ostenta la garantía de rectitud.

 

De los enemigos del alma, afirmaba Simone Weil, que la carne nos enseña a decir “yo” y el diablo a decir “nosotros”. Y si como apetitos en tanto que individuo físico (la necesidad de sobrevivir, la de reproducirse, la de expandirse, la de perpetuarse, la de dominar), como “nosotros” racionalizamos y transfiguramos nuestras exigencias en tanto que persona espiritual que gira en torno a la realización plena y libre de nuestras potencialidades.

 

Y ocurre entonces que, lo que en el terreno de la moral privada se rechaza como un defecto y hasta como un vicio, en el de la actitud pública se acepta y se practica como una virtud.

 

Por ejemplo: en tanto que no soy nada más que yo me considero obligada a ser (o, por lo menos, a parecer) modesto. “La alabanza en boca propia es vituperio”, reza el refrán. Y no únicamente no tomo jamás la iniciativa para enaltecer mis cualidades sino cuando el otro las elogia tengo que argüir con él hasta que el elogio quede reducido a sus mínimas, que son también sus justas, proporciones.

 

Pero en tanto que nosotros no tenemos el más leve pudor para proclamarnos no como lo más próximo a la perfección que se haya dado en la historia de la humanidad, sino como la perfección misma e irrebasable. Nuestro clima es el más favorable y benigno; nuestros paisajes los más hermosos: nuestros hombres los más valientes; nuestras mujeres las más honestas; nuestros políticos los más astutos; nuestros santos los más puros; nuestros hombres de ciencia los más sabios; nuestras instituciones las más eficaces; nuestras costumbres las más atinadas; nuestros valores los más altos; nuestra comida la más sabrosas; nuestro celo patriótico el más grande.

 

El celo patriótico nos consume y mantenemos alerta, día y noche, todos nuestros sentidos para vigilar que nada atente contra la dignidad de la que somos depositarios.

 

¿En qué consiste esa dignidad? ¿Cómo se defiende? He aquí dos preguntas que ni siquiera se plantean porque nos damos el lujo de suponernos provistos, desde nuestro nacimiento y a lo largo de toda nuestra existencia, de la respuesta adecuada. Una respuesta que surge, de modo automático, infalible, ante cada circunstancia para conjurar sus peligros.

 

Que podrían reducirse a uno solo, máximo, intolerable: el que alguien –dentro o fuera del grupo− disienta de la opinión general, de la ortodoxia estricta, de las normas válidas cuyos tentáculos alcanzan hasta el aspecto menos accesible de la conducta y hasta el momento menos significativo de la vida.

 

Al disidente, al heterodoxo, al violador de las normas se le depara la exclusión de la sociedad por cualquiera de los medios de que ésta dispone para mantenerse incontaminada y pura: desde el ninguneo más rudimentario hasta el más elocuente señalamiento con índice de fuego a los traidores; desde la “ley del hielo” más subjetiva hasta el aniquilamiento físico total.

 

Si como yo tenemos a honra perdonar al enemigo, como nosotros respiramos un odio lícito, una venganza plausible contra quien se convierte en nuestro enemigo por el mero hecho de no asentir de una manera incondicional con nuestros dogmas, de no sostener con vehemencia nuestro credo.

 

La sociedad, que se ha formado para garantizar a cada uno de sus componentes la categoría intangible de persona y se veda este derecho a reducirlo a masa, es una sociedad en la que el delicado equilibrio entre el todo y las partes se ha roto.

 

Y ese equilibrio no es una quimera sino algo más que una posibilidad: una realidad. El recto amor a la patria no es, forzosamente, el celo inquisitorial con que se condena a los compatriotas que, según nuestros criterios no cumplen satisfactoriamente con sus deberes. El recto amor a la patria sólo comienza a darse a partir del nivel de la tolerancia a la libertad de los otros.

 

Yo he visto aquí en Israel (nación en proceso de integrarse y en estado de guerra, lo que supone y explica una exageración de su susceptibilidad patriótica) un ejemplo pasmoso de tolerancia que no resisto la tentación de contarles.

 

El ejemplo es éste: un grupo pequeño, desprovisto de fuerza política y económica, de judíos extremadamente religiosos, vive y se congrega en un barrio de Jerusalén. Eligieron establecerse aquí porque ésta es la tierra de la promesa y en la tierra de la promesa aguardan al Mesías. Pero ni creen en las leyes del Estado ni respetan a sus autoridades. Y cuando apedrean a quienes no cumplen, como ellos, con las disposiciones del Sabbat y la policía los amonesta con miramientos, recurren a la embajada americana pidiendo que el ejército invada el territorio israelí para protegerlos a ellos.

 

¿Y qué le ocurre? ¿Son tildados de traidores, perseguidos, expulsados, muertos? No. Ni siquiera puestos en ridículo. Son tolerados. Y la energía que los demás hubieran tenido que emplear en denuncias y en castigos la emplean en trabajo que mucha falta le hace a la patria, mucha más falta que el odio.

 

La tolerancia es la amplitud de criterio en el sentido más preciso del término. El tolerante sabe que, con ella, quita a su opositor, ímpetu. Y que la prudencia de hoy es la victoria del mañana.

 

Excélsior, 7 de septiembre de 1971, pp. 7A, 11A.

 
 
 

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