LAS INDIAS CACIQUES (1964)
- Rosario Castellanos Figueroa

- hace 6 días
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Por Rosario Castellanos
Desde que en México se concedieron a la mujer los derechos cívicos, nos llenamos la boca hablando de la igualdad conquistada. Y sin embargo basta el más somero análisis de las circunstancias reinantes para comprender que es una igualdad como la de los indios en relación con los blancos: legal, pero no real. De hecho las mujeres continuamos ocupando un lugar de confinamiento y ninguno de los esfuerzos aislados de algunos casos excepcionales en las artes, en las ciencias y aun en la política, han sido suficientes para modificar los elementos sociales, para poner en crisis los tabúes establecidos, para asumir una posición de dignidad humana que (ahora vamos a ver cómo lo confirma la historia) hemos perdido y de la que fuimos dueñas alguna vez.
El testimonio nos lo proporciona Josefina Muriel. Yo la recuerdo –y tal vez no precisamente a ella− sino a su familia, vasta y numerosa; a su casa, cubierta de hiedra, en las calles de Tabasco; a su hermana María Luisa que fue mi compañera de estudios en el bachillerato.
Pues bien, Josefina, desde esas épocas por desgracia, ay, remotas, era una apasionada de la historia. Recuerdo que su tesis para maestría y doctorado en la Facultad de Filosofía y Letras sobre los conventos de monjas en la Nueva España fue un modelo de investigación y acuciosidad que sus maestros premiaron con los más altos honores. Josefina, por lo visto, no se durmió en sus laureles y ahora nos entrega un documento muy curioso, muy interesante, gracias al cual podemos darnos cuentas de la posición de la mujer en la sociedad prehispánica y cómo los reyes españoles procuraron salvaguardar sus privilegios de los abusos de la Conquista.
Pero usemos el orden cronológico y así vamos a empezar con el momento en que nace una niña en la sociedad azteca. Quien la recibe es la partera, una cuyas obligaciones era la de pronunciar ciertas palabras rituales: “Seais muy bienvenida, hija mía; gozamos con vuestra llegada, muy amada doncella, piedra preciosa, plumaje rico, cosa muy estimada, habéis llegado, descansad y reposad, porque aquí están vuestros abuelos y abuelas que os estaban esperando”. Y agrega Josefina Muriel: “Nótese que el lenguaje de efecto era grande, no menospreciándole porque era mujer en vez de hombre”.
Esta nota es muy indicadora. Si la situación de regocijo por el advenimiento de una niña se hubiese conservado, no valdría la pena recalcarla. Pero lo grave es que la situación cambió y no precisamente para mejorar. En nuestros días no son nada raro los casos (ni entre los indios ni entre los mestizos) en que el nacimiento de una niña es considerado como lo contrario de una suerte favorable. ¿Por qué? Porque la niña representa una carga económica en las clases más pobres y un problema de acomodamiento en las que cuentan con medios económicos más abundantes. De todos modos esto significa que el principio femenino se ha desvalorizado y que esta desvalorización se manifiesta en muchos otros aspectos que luego vamos a considerar.
Entre los aztecas, el lugar que ocupaba la niña era preciso y exacto. Naturalmente que era muy distinto al del varón, cuyo oficio era la guerra, el comercio o el desempeño de los puestos públicos en general. Las mujeres permanecían recogidas en su casa y empezaban por atarlas allí con un símbolo: su ombligo se enterraba junto al hogar, de algún modo servía para alimentar el fuego a cuyo alrededor se reunía la familia para tomar sus alimentos, para calentarse, para conversar.
La educación de las niñas, a cargo de su madre por lo menos durante sus primeros años, tendía a ubicarla en el sitio que le correspondía. Por lo pronto, habitándolas, haciéndolas aptas en los quehaceres propios de su sexo, que eran hilar el algodón, tejer mantas, hacer las vestiduras, guisar la comida y preparar la bebida.
Pero esto hallaba un complemento en la formación moral. Se tenía como uno de los peores vicios la ociosidad y se la combatía por los por los castigos más idóneos. Si la negligente, dice Josefina Muriel, era una niña de ocho años, se le reprendía y amenazaba con pinchazos de espinas de maguey. Si a los nueve o diez años seguía siendo perezosa, las amenazas se volvían realidad, añadiendo además las palizas. Si continuaba así, a los once se le ponía frente al humo de chile seco. A los doce, se le obligaba a levantarse a medianoche a barrer la casa.
Un ser que trabaja es un ser que produce y que, por lo tanto, puede aspirar al respeto de los demás. Cuando la joven llegaba a la edad de la discreción (a los catorce o quince años) el periodo educacional (que en ocasiones se completaba en colegios sometidos al Estado) se daba por terminado. Pasar a formar parte del grupo de mujeres era una ocasión solemne en la que los padres decían a sus hijas un discurso en que se les exponían las obligaciones, los deberes, pero también los derechos de su condición.
Convertirse en mujer implicaba llevar una vida de austera disciplina, de honestidad exterior que abarcaba la manera de vestirse, de arreglarse, el modo de caminar, de hablar, etcétera, y también la honestidad interior, de ejercicios de piedad hacia las divinidades y por último el acierto necesario para la elección del marido, el cual se constituía en el guardián y responsable último de su virtud.
Pero estas exigencias estaban recompensadas. Según el padre Sahagún, la mujer noble era “muy estimada, digna de ser obedecida, temida y servida”. Las señoras principales podían gobernar y mandar como los señores. En esta posición sus funciones consistían en regir bien a sus vasallos, castigar con justicia a los malos, poner leyes y dar orden en lo conveniente. El sexo no se consideraba, pues, como un obstáculo ni como una incapacidad, no menos como un signo de exención. En todos los estamentos de la sociedad, hasta el de las llamadas mujeres bajas o las simples campesinas, se esperaba el cumplimiento de los quehaceres rudos y difíciles y el mantenimiento de un ánimo levantado y estricto.
Ahora bien, las mayores esperanzas estaban fincadas en aquellas mujeres cuyo origen y familia tenían una tradición más larga y más importante de nobleza; aquellas capaces de transmitir esta cualidad a sus descendientes; aquellas herederas de tierras y hombres. En fin, las indias caciques a quienes los conquistadores españoles, lejos de humillar trataron de mantener en sus posiciones creando para ellas institutos especiales de enseñanza.
Con ellas se hizo una excepción: la de suponerlas capaces de aspirar a un estado que era entonces tenido muy en más: el del monjío. Así fue como el virrey don Baltasar de Zúñiga Guzmán Sotomayor y Mendoza fundó un convento exclusivo para estas indias caciques en el cual se les impartían las enseñanzas mínimas de latín, matemáticas y música que les sería necesario para entender el oficio divino, llevar el cargo de secretarias y cantar en el coro.
Los fundadores no fueron defraudados. Vida ejemplar y aun grados de santidad alcanzaros muchas de las indias que cobijaron su vida bajo aquel claustro y cuya crónica –ingenua, fervorosa− nos entrega en una pulcra edición Josefina Muriel.
Excélsior, 8 de febrero de 1964, n.p.




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