LA PROPUESTA NÚÑEZ KEITH: QUIÉN MERECE LA BECA (1969)
- Rosario Castellanos Figueroa

- 1 mar
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Los universitarios mexicanos estamos, desde julio del año que acaba de concluir, escamados. Por todas partes vemos surgir amenazas para la integridad –física o formal− de nuestras instituciones. Por eso cuando el representante popular de Sonora Guillermo Núñez Keith propuso, desde la tribuna de la Cámara de Diputados, que se creara un sistema de becas para asegurar el funcionamiento correcto y el aprovechamiento máximo en las escuelas de educación superior, muchos pusieron el grito en el cielo ante el peligro que iba a correr la autonomía, base sobre la que hasta ahora se ha sustentado la vida universitaria.
El diputado Núñez Keith, sin embargo, dejó muy claramente asentado en el texto de su discurso que reconocía “el carácter autónomo de la Universidad y al Politécnico ya le ofreció autonomía el señor presidente en su último informe del pasado primero de septiembre”.
¿Por qué no hemos de confiar en la buena fe y la sinceridad de este reconocimiento que hace el diputado Núñez Keith no sólo a título personal sino como miembro del partido al que pertenece que es el PRI? Además, aun suponiendo que esa sinceridad y esa buena fe no existieran, ¿por qué tendríamos que preocuparnos si la autonomía está garantizada por las promesas de nuestros más altos gobernantes y por las leyes?
No es éste el meollo del problema y hemos de seguir el hilo del razonamiento del señor Núñez Keith. Según sus palabras el problema es que la Universidad y el Politécnico “no rinden informes de sus labores”. Quiere saber cuáles son los “resultados obtenidos, el número de egresados de cada carrera y la calidad y competencia de los mismos”.
Existen, y son consultables, tomos estadísticos que se publican regularmente y que contienen datos que se consideran oficiales. A los que conocen esos datos no les asombra observar los lotes de estacionamiento de los edificios universitarios ni deducir que los alumnos “son los hijos de las familias acomodadas y no los de las familias de menores recursos”.
Un automóvil último modelo se ve; un autobús o un tranvía en el que ha viajado un estudiante, se va. Así que la apreciación de la clase a la que pertenece el joven que asiste a las aulas tendrá que ser, con tales métodos, más bien inexacta y superficial, aunque desde luego las cifras confirman (¡y con creces!) el pálpito.
En efecto, nuestra universidad no es obrera ni nuestro politécnico es campesino. Ambos reciben la mayor parte de sus contingentes de la clase media, de la pequeña y grande burguesía. De allí salen los profesionistas, no animados por el ímpetu redentor de servir al pueblo sino de prosperar económicamente, de situarse en un estrato más alto de aquél del que provenían, en suma, de ascender en todas las escalas.
Lo cual será o no una injusticia, pero lo que es discutible es que, según la opinión del señor Núñez Keith, esa injusticia, “con un fondo de becas, se evitaría”.
Porque “de esa manera obtendrían el beneficio los mejores estudiantes, los más aplicados, los de mayor dedicación”.
Éste es el criterio tradicional con el que cualquier beca se otorga. ¿Quién discerniría los espíritus? Eso no lo indica el señor Núñez Keith. Como tampoco quién supone que resultaría agraciado con esta ayuda.
¿El hijo del campesino o del obrero, mal nutrido desde la infancia, asistente en sus grados primarios y secundarios a aulas servidas por profesores escasamente remunerados, deficientemente formados y anacrónicamente informados, y que no cuenta con suficientes útiles escolares?¿El hijo del campesino o del obrero que muy tempranamente tiene que colaborar al mantenimiento de la familia o que en una etapa muy precoz de su desarrollo se echa a cuestas una familia propia?¿El hijo del campesino o del obrero que ha contemplado y padecido los abusos del poder y que sabe, por experiencia propia, que la buena conducta no alcanza nunca su premio en este mundo y que, a la fuerza, si acaso podrá oponerse la maña? ¿Este joven cuya inteligencia ha sido disminuida por el hambre, cuyas ambiciones han sido brutalmente reprimidas por el medio, cuya voluntad ha sido minada por el fatalismo será el futuro becario del señor Núñez Keith? Lo dudamos mucho, salvo que definitivamente los planteles de educación superior se conviertan en instituciones de beneficencia.
Pero no es eso sino al contrario. Se trata de que el país cuente con los cerebros que necesita y de que un diploma sea un aval de competencia. Veamos quién será el competidor del joven que acabamos de describir y que sólo por una serie de azares favorables llega al umbral del alma máter y sólo por una especie de milagro egresa airosamente de ese ámbito.
La familia acomodada empieza por pensar que su hijo está destinado al éxito y lo prepara para él. Lo envía, desde el kínder, a algún sitio donde le proporcionen otro idioma además del materno. Paga para que se le abran las puertas de los colegios particulares porque corre la fama de que allí la vigilancia es más estrictas, las exigencias más rigurosas y la enseñanza más satisfactoria.
Si es preciso la familia hace un poder de palo para que el joven que siga una carrera no se distraiga de sus obligaciones ni sea obstaculizado en sus propósitos con un trabajo. Su consagración al estudio en exclusiva y no falta ni el texto, ni el laboratorio ni el viaje que contribuye a aumentar sus conocimientos y sus ventajas.
Enfrentemos al hijo del campesino y del obrero con el hijo del burócrata, del pequeño industrial, del rentista. Añadiremos, a la desigualdad inicial de su condición, el humillante resultado de una prueba en que quizá el genio pero no la lógica, la excepción pero no la regla reserve el triunfo a los primeros y no a los segundos.
La selección por medio de becas depuraría la élite de los cultos. No sirven para los fines que el señor Núñez Keith invoca. ¿Pero no será una espada de Damocles que impida que el estudiante muerda la mano que le da el pan? Por lo menos mientras come ese pan. Después nadie predice la conducta. A pesar de todas las precauciones siempre queda en el hombre un sustrato de libertad.
Excélsior, 6 enero de 1969, pp. 7A, 8A.




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