FARISEO Y PUBLICANO EN EL ANÁHUAC: DIÁLOGO DE FIN DE AÑO (1969)
- Rosario Castellanos Figueroa

- 27 dic 2025
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Por Rosario Castellanos
PUBLICANO: ¿En qué te afanas tanto?
FARISEO: Según mi fama, yo no desperdicio ninguna ocasión de autocomplacencia. ¿Y cuál más propicia que el balance que debe hacerse a propósito de fin de año? En cuanto lo termine me dedicaré un largo y justificado aplauso por ser lo que soy, hacer lo que hago y tener lo que tengo.
PUBLICANO: ¡Optimista! Ves el vaso medio lleno, mientras yo lo veo medio vacío.
FARISEO: EN general, no me interesa convencer a mis antagonistas. Me basta vencerlos. Pero hoy me han penetrado los aires navideños y estoy dispuesto a exponerte las razones de mi satisfacción. No dudo que acabarás aceptándolas.
PUBLICANO: Habla; para que te vea.
FARISEO: Primer motivo de congratulaciones: hemos nacido en el mejor país del mundo.
PUBLICANO: ¿El más bello?
FARISEO: No seas frívolo.
PUBLICANO: ¿El más opulento?
FARISEO: No seas tan groseramente materialista. Los bienes que cuentan son los del espíritu. No, ni siquiera es el país fuerte pero sí el más justo. Mientras todos los demás se debaten con los remordimientos de un pasado culpable o con la vergüenza de un presente monstruoso, nosotros podemos ostentar –ante testigo más exigente− una imagen ejemplar. Siempre acertamos ser la víctima digna de potencias que atropellan nuestra inermidad. Y cuando hemos ganado una batalla ha sido la batalla de los derechos humanos, de los pueblos oprimidos, de David contra Goliat. Non fecit taliter…
PUBLICANO: Recuerda que no es mi fuerte ni el latín ni la tecnología. Mi oficio es la autocrítica y, si a mano viene, la crítica. Según tengo entendido, por lo que acabas de exponer, en el concierto de las naciones, ejecutamos un instrumento más bien inaudible.
FARISEO: Cuando calla el estrépito de los contendientes se escucha nuestra voz y es siempre la voz del buen sentido, de la concordia, del equilibrio. Nuestras exhortaciones han conjurado más de un conflicto tenido como irresoluble.
PUBLICANO: Somos, pues, candil de la calle. ¿Y en nuestra casa?
FARISEO: Reina el orden, la tranquilidad, el progreso y la alegría. ¿No lees la prensa? ¿No escuchas los informes de los gobernantes? ¿No te extasías con la iluminación feérica de nuestras principales plazas y avenidas?
PUBLICANO: La euforia de estas fechas no es suficiente para hacerme olvidar una vieja pregunta: ¿Hay muchos que no son invitados al festín?
FARISEO: Sólo a un loco o a un iluso se le ocurre que los que organizan los festines no reservan el derecho de admisión.
PUBLICANO: Supongo que cuando lo aplican atienden a motivos y criterios irrebatibles.
FARISEO: Naturalmente. Por lo pronto quedan afuera los pobres. No obtendrán nada mientras no se vuelvan ricos.
PUBLICANO: ¿Por qué? ¿No merecían, al contrario, una atención especial? ¿Un adiestramiento que los volviera capaces de aprovechar las oportunidades de que los otros gozan?
FARISEO: Desde luego que no. La pobreza es un signo en la frente de los réprobos para que nos guardemos de ellos. Quiere decir que son perezosos, negligentes, torpes, despilfarradores, borrachos, inconstantes, desaprensivos, hedonistas, ladrones, tontos, parásitos, la escoria del mundo. No. ¿Porque soy rico? Al revés. Soy rico porque no tengo ninguno de esos defectos. Lo que te prueba que el mundo en que vivimos es un mundo en que no reina ni la misericordia ni el azar, sino una deidad mucho más confiable: la lógica. Esto nos permite disfrutar lo que poseemos no sólo con tranquilidad, sino con el orgullo de haberlo merecido.
PUBLICANO: ¿Y los ignorantes?
FARISEO: Han escogido la ignorancia. Las escuelas están abiertas para todos. Si ellos prefieren no asistir o no aprovechar las lecciones, nadie los obliga a hacerlo. Pero si lo hacen que se atengan a las consecuencias. No desperdicies el tiempo complaciéndolos. Cuando te hablen de que no se puede aprender nada con el estómago vacío, mienten. El albedrío del hombre es incondicionado y su voluntad no se doblega a las flaquezas de la carne. Un soplo divino alienta en él y únicamente los vicios, no la miseria, pueden reducirlo a la inoperancia.
PUBLICANO: Así que para ti un ignorante es un reo.
FARISEO: Exactamente igual que un pobre. Si no se les castiga es porque no alcanzaríamos a construir suficientes cárceles. Ya ves, a pesar de nuestra tolerancia y nuestra benevolencia, no nos damos abasto para encerrar a todos los delincuentes.
PUBLICANO: He observado que se les escapan siempre los más gordos.
FARISEO: La red de la justicia es tan fina que se rompe cuando el volumen y el peso son excesivos. En cambio, cuando se trata de una presa insignificante o mediana, actúa de manera implacable. Y si alguna vez peca de no es por defecto, sino por exceso. Es clásica la historia de los que purgan una condena y después se descubre que son inocentes. Eso no prueba más que nuestros escrúpulos, la confianza que pueden depositar en nuestros sistemas los hombres honrados y el temor que deben albergar en su corazón los malhechores. La moraleja que se desprende de ello no puede ser ni más evidente ni más confortante.
PUBLICANO: ¿Y cuáles son los delitos que penan?
FARISEO: En este aspecto nos atenemos estrictamente a la tradición. No hemos inventado ninguna figura nueva. Y sí, en cambio, hemos cortado de raíz una posibilidad de delinquir. Me refiero al terreno político.
PUBLICANO: ¿Existe, entonces, una plena libertad?
FARISEO: Cada ciudadano, por el mero hecho de serlo, está facultado a pensar lo que mejor le parezca acerca de la cosa pública.
PUBLICANO: ¿Sin sufrir represalias?
FARISEO: Sin sufrir represalias. Ah, el pensamiento, ¡qué potencia tan sublime! Se basta a sí propio. No necesita el complemento de la palabra, de la formulación, de la propagación y, menos aún, necesita manifestarse en actos. Mi alma exulta de alegría porque pertenezco a una comunidad de seres pensantes, porque todos y cada uno pensamos sin cortapisas de ninguna especie. Y porque cuando, como ahora, hablo, habla por mi boca la prudencia.
PUBLICANO: Ya lo oigo.
FARISEO: ¿Y no te conmueve saber que vives en el mejor de los mundos? Gracias a que yo, y los que son como yo, hemos creado ese mundo y lo mantenemos evitando que cambie y hacemos que persevere en su ser que es perfecto y el mundo nos paga con gratitud. ¿No te sientes tentado a entonar conmigo un himno de acción de gracias?
PUBLICANO: Mientras oiga lo que oigo –el crujir de dientes de los condenados−, no.
FARISEO: Te recomiendo que te unas al coro de alabanzas. Si no lo haces serás tenido por sospechoso, serás observado con atención y quizá recluido.
PUBLICANO: ¿Te preocuparías por esa eventualidad? Yo estoy seguro de que los reclusorios de que ustedes disponen son un modelo en su género.
Excélsior, 27 de diciembre de 1969, pp. 6A, 8A.




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