LA MUERTE DE JESÚS: REVISIÓN DE UNA CAUSA CÉLEBRE (1971)
- Rosario Castellanos Figueroa

- hace 20 horas
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Tel Aviv .− Haim Cohn ha escrito un libro destinado a ser polémico: The Trial and Death of Jesus (Proceso y muerte de Jesús).
Cohn, nacido en Lübeck en 1911 y graduado en el Heinrich Hert Realgymnasium de Hamburgo en 1929, subió a Palestina un año más tarde y se dedicó a los estudios rabínicos en el Yeshivat Merkaz Harav mientras se especializa en cultura judaica en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Finalmente se especializó en leyes y obtuvo el título de abogado en 1937.
Desde entonces se ha dedicado a la práctica y ha ocupado importantes puestos dentro de la judicatura de Israel, al que también sirvió como representante en la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Ahora actúa como maestro de derecho penal y de filosofía y jurisprudencia penales en la Universidad de Tel Aviv.
El juez Cohn, dotado de tan sensible conciencia y de tan vastos conocimientos jurídicos, se inquieta (y es lo menos que puede ocurrirle) de pertenecer a un pueblo que ha sido acusado, desde hace dos mil años, de deicidio. Al contemplar las consecuencias históricas que ha tenido esta acusación (persecuciones, destierros, genocidios, despojos) tiene que preguntarse si está fundada y examinar –desde un punto de vista estrictamente legal que no pretende invadir el terremoto religioso− los datos en los que descansa el fundamento.
Al iniciar sus investigaciones se asombra de que
De los sesenta mil libros que se dice que se han escrito sobre la vida de Jesús sólo en el último siglo, muy pocos dediquen una particular atención a su juicio como si la historia de éste no formara parte de la historia de su vida. Tampoco hay muchos libros acerca del juicio en sí y de los escasos que se ocupan de la descripción de los procedimientos judiciales contra Jesús sólo algunos han sido escritos por hombres de leyes y de una manera legalista. Lo cual no deja de ser extraño. Ningún juicio, en la historia de la humanidad, ha sido tan memorable. Ninguno ha suscitado tan amplias, autoritarias y persistentes afirmaciones de que fue una grave violación de la justicia. Ninguno ha tenido repercusiones que no perdieron nada de su impacto o de su actualidad después del lapso de casi dos milenios. Y ninguno ha sido tan extensa y tan insatisfactoriamente relatado.
El hecho de que todos los relatos, de manera expresa o por implicación necesaria insinúen que el juicio no fue más que una farsa y la crucifixión un crimen judicial debió haber alertado a los observadores legales en vez de conducirlos ciegamente, con el resto de la cristiandad, a la creencia que ningún argumento jurídico puede conmover.Ésta es una certidumbre hasta hoy tan fuerte y, aparentemente, tan inmutable, que la más grande concesión a la que llegan hoy los grandes liberales dentro de la jerarquía de la Iglesia católica, es la que conduce a absolver al pueblo judío, en masa, y a los judíos de las generaciones posteriores a la de Jesús de una culpa que los une irrevocablemente a los judíos a quienes los Evangelios acusan de haber tomado una parte activa en el juicio.
La evidencia la proporciona este testimonio que, como la mayor parte del Nuevo Testamento, fue escrito antes de la caída de Jerusalén en el año 70 de nuestra era y que, como todas las evidencias “es afectada por la capacidad de los testigos para observar, de su poder de recordar con certeza y de sus dones de expresión”.
Queda pues, a criterio del que juzga “descubrir y comprender el verdadero significado y la importancia de los hechos descritos y las consideraciones y propósitos que se esconden detrás de ellos… Nos enorgullecemos de saber hoy mucho más acerca de los protagonistas de esta historia de lo que supieron quienes redactaron su crónica: tenemos datos, imparciales y verosímiles, acerca de sus leyes y costumbres, de su manera de pensar y de reaccionar, de sus rivalidades internas, de sus aspiraciones y frustraciones políticas, de sus nexos religiosos y académicos.
Es a la luz de esos conocimientos como debemos tratar de entender su conducta y mostrar sus motivaciones y así llegar a una reconstrucción de los hechos tales como, en determinadas circunstancias y con estos particulares dramatis personae, pudieron haber ocurrido. Lo que nos llevará a concluir que si pudieran haber ocurrido sólo en determinada manera no pudieron haber ocurrido de ninguna otra y que, si ocurrieron, fue sólo de ese modo. Los dramatis personae involucrados en este caso son de todos conocidos pero vale la pena volver a contemplarlos con una mirada crítica y sin prejuicios: Poncio Pilatos, gobernador de Judea, quien no perdió oportunidad –según las palabras de Flavio Josefo− de demostrar su desprecio por la leyes judías: así colocó las insignias imperiales en la Ciudad Santa de Jerusalén, saqueó el tesoro del templo para construir un acueducto, hizo poner escudos en la fachada de Herodes. Su último acto como autoridad romana fue agredir, con soldados rasos y de caballería, a una procesión de samaritanos que acudían a su santuario en el monte Gerizim, matando a muchos, tomando muchos prisioneros y poniendo en fuga al resto. Las protestas llegaron hasta Siria, de cuya provincia formaba parte Judea, y Pilatos fue destituido, cayó en desgracia y hay quienes aseguran que murió asesinado.
¿Es lógico que un hombre semejante haya tratado de complacer a un populacho sediento de sangre al que acicateaban los supremos sacerdotes Anás y Caifás y los componentes del Gran Sanedrín?
En cuanto al populacho, voluble como todos, era el mismo que había tributado a Jesús una entrada triunfal a Jerusalén unos cuantos días antes. Anás y Caifás actuaban como mediadores entre un poder absoluto –el de los romanos− y unos vencidos insumisos –los judíos−. En el supuesto de que hubieran osado enfrentarse a los primeros tendrían que haber contado con el apoyo de los segundos que habían demostrado, de manera inequívoca, su simpatía para la persona y las doctrinas de Cristo.
¿Es que esas doctrinas eran incompatibles con las prácticas de los fariseos y de los saduceos quienes, junto con los ancianos y los escribas integraban el Gran Sanedrín? Aun concediéndolo así ¿iban a utilizar los servicios de un traidor, Judas, para que identificara a alguien a quien conocían de sobra por sus predicaciones en el templo y por sus recorridos en Palestina? ¿Iban a tener a su disposición a una cohorte de soldados romanos para aprender a Jesús?
¿Iban a hacer que madrugara Pilatos para que dictase su sentencia de la que se lavó las manos, con un gesto que ha pasado a la historia pero que no era usual entre los romanos como significado exculpatorio? ¿Iban a delegar su jurisdicción, que les permitía llevar al cabo sus propósitos de manera directa y expedita, en otro que podía no servir de instrumento eficaz y que aun era susceptible de que esos propósitos fracasaran? ¿Iban a condenar a Jesús a una pena –la de la crucifixión− que no era la que ellos consideraban lícita para castigar un delito?
En última instancia y, en un plano puramente natural, sin ninguna implicación teológica: ¿a quién beneficiaba la muerte de Cristo?
Haim Cohn nos hace reflexionar sobre ello en las páginas de un libro desapasionado y apasionante que ha de levantar una ola de respuestas contradictorias entre todos aquellos a quienes estos hechos conciernen y afectan.
Excélsior, 24 de noviembre de 1971, pp. 6A, 8A.




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