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NUESTRA FALLA EDUCATIVA: UN ANALFABETO MEXICANO EN ISRAEL (1972)

  • Foto del escritor: Rosario Castellanos Figueroa
    Rosario Castellanos Figueroa
  • 17 ene
  • 4 Min. de lectura

Tel Aviv. — Este verano, en el que el aire obtiene de la temperatura una calidad casi sólida y apenas se mueve como “una abeja borracha de su miel” (imagen que sólo podía ocurrírsele a una soltera muy decente y puritana de la Nueva Inglaterra como lo fue Emily Dickinson) invita a la vacación.

 

Todos emigran. Las celebraciones de las fiestas nacionales o se suspenden o atraen a una concurrencia escasa y bostezante. Los campos de verano absorben a los niños salidos de las escuelas. En las playas no puede darse un paso y para obtener alojamiento hay que hacer ahora una reservación válida para el año que viene.

 

En la embajada trabajamos con la mitad del personal. La otra mitad nos manda —con un refinamiento sádico— tarjetas postales desde cumbres coronadas de nieve, desde balnearios donde la fatiga se resuelve en división, desde sitios famosos: torres inclinadas, sirenitas cojas de ambos pies, ruinas indescifrables. Y tengo el descanso que hasta ahora necesito.

 

Gabriel ha de estar, en alguna parte, acosando a preguntas a quienes dirigen la excursión a la que ha partido: hay una tregua en los cursos que doy y que recibo en la Universidad. Además, está el sabbat del cual soy una rigurosa observante.

 

Un día sin autobuses caminando por las calles, sin teléfonos que funcionen más que en caso de verdadera emergencia, sin correo; sin sorpresas. El reposo diurno prepara el sueño largo, tranquilo, completo de la noche. Abro las manos que empuñaban obligaciones, proyectos, recuerdos, esperanzas y duermo como una bendita.

 

Estoy soñando algo muy hermoso que se desvanece cuando suena estentóreamente la campana del teléfono. De una manera automática descuelgo el auricular y escucho la voz excitada de una muchacha que trabaja en la oficina de información del aeropuerto de Lod y que me informa, en francés, que hay un mexicano perdido allí. Intenta contarme lo patético del caso pero yo, que empiezo a situarme en este mundo, le pido que me comunique con él. La muchacha se resiste. ¿De qué servirá si ese pobre hombre no habla más que español? Yo también, le respondo sintiéndome, por primera vez en mi vida, terriblemente políglota.

 

—Señorita... —comienza mi interlocutor.

 

En ese mismo instante y por esa sola razón lo descalifico. Además su voz es parecidísima a la de uno de mis alumnos a los que reprobaba yo incesantemente cuando era maestra de literatura comparada. Pero, insisto ante el tribunal de mi conciencia, debo proceder con objetividad. Partir de cero. Este hombre será conocido por sus frutos. Dejémosle que madure.

 

—Sabe usted, señorita, que yo venía con un grupo. Y que al hacer un transbordo en París me desbalagué de mis compañeros y ellos se subieron al avión y yo no.

 

Ah, ya se va configurando. Turista. Primerizo. De los que pagan su viaje en abonos que duran toda la vida. Y que, cuando se ven por primera vez sueltos en una ciudad pecaminosa agarran una papalina de órdago y cuando vuelven en sí no tienen encima más que el pasaporte y la reservación de un boleto aéreo.

 

—¿Y dónde se aloja su grupo?

 

—No sé, señorita.

 

—Si venían de paseo seguramente se fueron a Jerusalén.

 

—No, no veníamos de paseo. A trabajar.

 

Ahora sí ya tengo los ojos cuadrados.

 

—¿A trabajar en qué? ¿Les dieron alguna beca?

 

—No, señorita. Veníamos a construir unas casas. Nos traía el ingeniero.

 

No ignoro que hay escasez de vivienda en Israel y que se ha hablado de importar mano de obra de algunos países vecinos. Pero de México ya resulta un poco exagerado.

 

—¿Cómo se llama el ingeniero?

 

—X.

 

—¿X? Ése no es nombre.

 

—Pues no sé si es nombre o si le dicen así de cariño.

 

—Y no le dijo dónde se iba a alojar.

 

—No. No me dijo nada.

 

A estas horas es un poco difícil localizarlo. Pero mañana, a las nueve de la mañana, preséntese usted a la embajada. Le voy a dar la dirección. Volvió a tomar el aparato la muchacha quien, entre aspavientos, me dijo que iba a indicarle al pobre hombre dónde alojarse lo que restaba de esa noche y cómo encontrarnos al día siguiente.

 

Mucho antes de las nueve ya estaba allí. Y resultó ser un hombre de edad mediana, de tipo tan marcadamente indígena que tenía aspecto de japonés. Gracias a eso pareció sospechoso a los vigilantes de Lod quienes lo detuvieron para interrogarlo porque ya llevaba allí sentado, y sin hablar con nadie, más de seis horas. Como en el aeropuerto de Orly fueron menos curiosos permaneció dos días en una sala de espera. ¿Por qué no llamó a la embajada de allá? Porque no sabía que existía. Tampoco tenía noticias de la nuestra en Tel Aviv. Fue la señorita de “Ey France”, la que lo comunicó.

 

Habla con mucha dificultad. Su vocabulario es reducidísimo e inseguro. Y, además, el estado de nervios en que se encuentra. Lo único que sabe es que vino a hacer casas a Israel. ¿Firmó algún contrato con alguien? No. No sabe leer ni escribir. Tampoco tiene ninguna noción de la distancia que ha recorrido ni de los cambios de horario. ¿Por qué se decidió a venir? Porque el sueldo es bueno y porque él es buen operario. Se anima hablando de su oficio. Lo conoce, lo domina, lo quiere y le es útil. Mientras entra en detalles técnicos hemos recurrido a la policía y localizado a su gente. Lo entregamos sano y salvo. Final feliz.

 

Pero yo estoy triste. ¿Es éste el hombre que forma nuestro sistema educativo? ¿Un hombre que no desarrolla más que un aspecto de su personalidad y que deja que se atrofien los otros? ¿Un hombre que percibe un salario más alto que el de los maestros que no le enseñaron ni el alfabeto y que eleva su nivel económico y social mientras permanece en la más absoluta ignorancia?

 

Entre él y su ingeniero no hay más que una diferencia de grado. Ambos han recibido un entrenamiento pero no participan de la cultura ni aun en sus manifestaciones más rudimentarias. No sabe cómo se dice Air France pero usa sus servicios.

 

Y mientras tanto las universidades y los politécnicos y la televisión y la radio y las ferias del libro y el cine y la música toca y toca.

 

Excélsior, 8 de agosto de 1972, pp. 7A, 8A.

 
 
 

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